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Jose María Larrañaga Eskoriatza, Euskal Herria. 2008-04-01 13:57 Last modified: 2008-04-18 14:42 |
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Multiculturalismo proactivo
Nadie pone en duda que la primera condición para tener éxito en las cosas de la vida es la de estar preparado, es decir poseer las condiciones de respuesta adecuadas a las exigencias del futuro, cuando estas se presenten.
No hay curva que no pueda tomarse con seguridad si se ha tenido la inteligencia de visualizarlo con antelación. Cuando pedaleamos en una bicicleta o conducimos una motocicleta tenemos la precaución de mirar hacia delante y, así, prever las maniobras que la carretera nos va a obligar a realizar. No fijamos nuestra vista en la rueda delantera y menos aún conducimos mirando hacia atrás, sin embargo este comportamiento tan natural cuando se trata de la dimensión física no es tan común cuando nos enfrentamos al futuro en las dimensiones sociales, políticas, culturales o educativas.
Siempre nos pillan desprevenidos los toros del tiempo.
¿Cómo se vive el Multiculturalismo en el mundo cooperativo?
Nos guste o no, en el próximo futuro nuestra sociedad será cada vez más multicultural. Y no sólo afectará esta multiculturalidad a nuestra comunidad entendida en el ámbito geográfico, sino que tal fenómeno se nos va a colar, ya lo está haciendo, por la acción cada día más evidente de las interrelaciones sociales, comerciales, empresariales y hasta políticas. Las fronteras se derrumban, las diferentes culturas del mundo son más visibles y están más presentes que nunca para la generalidad del mundo través de los medios de comunicación y los medios de transporte reducen las distancias de una manera inimaginable hace pocos años. Para un adulto actual era una aventura viajar por la vecina Francia en su niñez; Marruecos sólo era conocido por aquellos que les tocaba África en el servicio militar. Hoy son visitas de fin de semana. La variedad en el color de la piel, los atuendos árabes u orientales no eran comunes en nuestras calles hasta hace poco. Era cosa del cine, era exótico y lejano. Hoy nuestras ikastolas reflejan un creciente contraste étnico, idiomático de partida y de sensibilidades culturales hace muy poco tiempo. Hasta el comercio es diferente entre nosotros.
Tras esta variedad de expresiones visibles de la diferencia humana están soterradas (o no soterradas) las diferencias culturales, religiosas, de usos y costumbres que requieren de un tratamiento adecuado y acertado si no queremos que deriven en confrontación y foco de problemas de convivencia.
La necesidad de prepararnos a un mundo multicultural nos viene desde una doble vertiente. Por una parte se acrecienta la presencia entre nosotros de inmigrantes que provienen, como queda dicho antes, de culturas y modelos de vida diferentes. Llegan con la intención de quedarse. Por otro lado estamos obligados a relacionarnos con países de todo el mundo si queremos participar en el mercado global y en la sociedad globalizada que es el signo de los tiempos presentes y parece del futuro. Es decir vienen ellos aquí y nosotros vamos allí. Es inevitable este proceso de universalización e integración de las gentes del mundo: nuestro mundo es el mundo.
¿Qué cambios ha sufrido el cooperativismo?
Por una parte resulta imposible construir muros que eviten las migraciones humanas en un modelo de civilización organizado en base a la prosperidad relativa de una tercera parte del planeta rodeada por dos terceras partes que carecen, en diferentes grados, de todo lo que necesitan para satisfacer sus necesidades elementales. Todo ello agravado con la obscenidad que supone exhibir a través del escaparate de los medios de comunicación el jolgorio consumista que despilfarra con banalidad los bienes esenciales del mundo en aras de no se sabe qué.
Por otra parte las barreras y las distancias geográficas se ven reducidas de forma increíble con respecto a los medios para viajar de hace aún pocas décadas. El turismo se ha democratizado entre nosotros y lo que a nuestros padres les suponía cerca de un mes alcanzar las costas americanas, por ejemplo, hoy resulta cosa de horas. El viaje que era considerado como lujo o como una aventura se programa ahora como entretenimiento de fin de semana.
Tanto para recibir al foráneo en nuestro propio territorio como para ser recibido en lugares ajenos al nuestro necesitamos prepararnos, educarnos, hacernos con un bagaje cultural que nos permita salvar el precipicio que el viraje de los tiempos nos va a imponer: tomemos precauciones para que podamos maniobrar de forma segura la curva del cambio.
Fricciones
Es imposible pretender que las diferencias culturales, de valores y costumbres de los que llegan se disuelvan adoptando sin fricciones las pautas culturales del grupo de acogida. Tampoco parece razonable pensar que las medidas legales, policiales o de aislamiento social puedan regular con éxito las diferencias y el choque de sensibilidades diferentes
Si pretendemos tener éxito en el futuro deberemos apresurarnos a debatir y gestionar entre nosotros un plan de acogida y una hoja de ruta de adaptación, tanto para nosotros como para los que arriben a nuestros lares.
Pocas cosas parecen en la actualidad más urgentes que esta preparación ante el llamado choque de civilizaciones que se nos avecina.
Veamos someramente algunos de los apartados que conviene estudiar en el amplio abanico de fricciones que se pueden dar.
1. Xenofobia
El rechazo de la xenofobia no debería consistir en un bienintencionado, acrítico y blando posicionamiento entre estético y folklórico de la diversidad tan común entre los que no viven de cerca los problemas reales de la convivencia. Una es la postura “cognitiva”, romántica y teórica y otra la realidad de los comportamientos que chocan en la escuela, en la calle, en las celebraciones culturales, en el vestir y, como no, en las relaciones personales. Como decían en su día de los intelectuales populistas: Amaban al sabio pueblo llano y en él reconocían la sabiduría de la Nación pero no soportaban individualmente a los rústicos ignorantes que la componían.
El problema existe y, como todo problema, tiene dos únicas salidas posibles: o se supera o se soporta aceptándolo. La existencia del problema no supone ninguna valoración peyorativa ni entraña connotación negativa alguna. Nada más que se trata de ponernos en la posición asertiva y de superación para tratar de convertir en oportunidad esta circunstancia.
¿Cuáles deben ser las bases de la nueva Cultura Cooperativista?
No podemos sacralizar sin crítica cualquier identidad cultural por el mero hecho de serlo. Ni nuestras propias interpretaciones ni las suyas. No se trata de caer en el vascocentrismo cultural, ni en el todo vale. Se trata de legitimar la aceptación de algunas de las prácticas de nuestra cultura a ciudadanos provenientes de culturas distintas, en particular todas las creencias que se refieren a los derechos humanos, y de, como no, aceptar aquellas prácticas que no supongan un atentado a los derechos inalienables de la gente.
Es obvio que pertenecemos a un entorno cultural que ha bebido de las fuentes griegas, latinas, cristianas, complementadas por el impulso clasicista del Renacimiento y el laicismo de la Ilustración. Políticamente están próximos a nosotros la Revolución Francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre en el año 1789 en Francia y de la Declaración de los Derechos Humanos en el 1948 por las Naciones Unidas. Esta es la herencia que hemos recibido y el modelo jurídico formal que nos identifica como concreción de la cultura.
Pero debemos reconocer que muchas de nuestras creencias son de formulación reciente en el tiempo. Históricamente 1948 es ayer mismo y no podemos asegurar que los Derechos Humanos sea algo que se aplique entre nosotros de manera absoluta, más bien son una serie de derechos a los que queremos llegar pero que no hemos alcanzado aún. Debemos comprender que para otras culturas que no hayan estado tan vinculadas a su pronunciamiento o a su redacción sean aún menos receptivas a sus preceptos. La libertad religiosa, la igualdad de derechos de los sexos son cuestionados explícitamente por determinadas culturas tal y como se cuestionaban entre nosotros no hace mucho. Tal vez tengamos que ser más comprensivos de lo que somos habitualmente con las demás creencias.
Pero tampoco podemos admitir las tesis “comunitaristas” que defienden que las instituciones, las normas y los valores de una cultura sólo pueden ser juzgadas desde el punto de vista de la misma cultura, basándose en la opinión o la tesis de que los derechos y las obligaciones sólo tienen sentido dentro de una comunidad determinada. Según esto habría que desterrar cualquier formulación universal y única y occidente debería reconocer que ha impuesto, o trata de imponer, su visión etnocentrista a todos los demás pueblos del mundo.
Aunque resulte sumamente atractiva la postura de los “cominitaristas” creemos que es errónea porque no se nos escapa que la naturaleza humana es una y que el derecho natural es anterior al derecho religioso o cultural “particular”. La cultura “interpreta” la naturaleza de los seres humanos pero no es la naturaleza humana. Debemos encontrar, con la participación de todos los pueblos, la formulación más “real” posible de los Derechos que son propios de la Naturaleza Humana (en mayúsculas).No podemos admitir sin más determinadas prácticas porque sean resultado de una cultura. No podemos dar por buena la costumbre de quemar viva en la pira del esposo muerto a la esposa india, o no es de recibo la ablación que se practica a las adolescentes para que no sientan placer en sus relaciones sexuales por mucho que se “razonen” desde posiciones culturales ancestrales.
No podemos dejar de defender la idea de unos derechos básicos inherentes a la condición de ser humano, independiente de su situación social, histórica y cultural aunque se nos acuse de etnocentrismo o de ser poco flexibles con otras lecturas culturales de la moral.
Tal vez no podamos demostrar con razones nuestra postura pero sí podemos esgrimir el “sentido común moral” para condenar determinadas prácticas que se realizan, además, contra la voluntad de las personas afectadas o, al menos, sin que su voz sea escuchada, porque previamente se les ha privado de ella. No podemos dejar de advertir y denunciar la instrumentalización que de la cultura hacen los grupos dominantes en cualquier parte del mundo, diciendo que representan al pueblo cuando no es así, Las niñas infibuladas que se resisten a serlo también forman parte de esa comunidad y sus derechos individuales son más legítimos que los que aducen sus verdugos.
Los derechos, lo repetimos, no emanan de ninguna particularidad empírica o cultural sino de la pertenencia a nuestra especie. Los seres humanos somos los únicos capaces de reivindicar su carácter de fin en sí y de rechazar la instrumentalización de su humanidad para justificar ningún credo o cultura. No son los dioses las fuentes de la moral, eso es algo que los humanos, creadores de dioses, les han otorgado. La formulación de los Derechos Humanos podrá ser criticada y, tal vez, revisada como cualquier obra humana pero sólo cuando se prescindió de los credos religiosos, cuando abandonó el hombre el dogma como base de sus formulaciones pudo completarse el texto más importante de la historia de la humanidad.
Es claro que no podemos, ni debemos, imponer nuestra cultura pero sí podemos y debemos defender con ahínco el derecho natural de los humanos. Es a la gestión de la paradoja a lo que se nos convoca en estas cuestiones. No debemos confundir universalismo con etnocentrismo ni debemos dejarnos llevar por nuestros propios intereses de dominio o de la errónea idea de nuestra supuesta supremacía cultural.
Busquemos entre todos el paradigma humano, busquemos la genuina condición humana y desde ese punto inicial aceptado construyamos una nueva cultura, unas nuevas creencias, una nueva moral.
¿Qué conflictos suscitan las diferencias culturales dentro del mundo cooperativo? ¿Cuáles deben ser las soluciones?
Reconocimiento de la diferencia
Decía un autor que deberíamos celebrar la diferencia porque de ella surge la belleza, el progreso y la vida. Tal vez tenía razón al expresar con tanta positividad una postura tan poco común en la historia de los pueblos. Porque hasta ahora siempre se ha desconfíado de lo diferente.
No admitir la diferencia ha sido el motor de exterminio de otras culturas o pueblos. No admitir la diferencia es causa principal de conflictos que van desde las rencillas personales a la tragedia del racismo, la xenofobia y el machismo.
Hasta la misma biología nos enseña que la diferencia es una oportunidad para el progreso del género humano. Nunca se ha dado un caso de que la naturaleza haya utilizado el recurso a la clonación entre los seres humanos. Todos somos diversos, todos somos ejemplares únicos en nuestra especie. Si la naturaleza realiza tal esfuerzo de diferenciación será por algo, tendrá un sentido que se nos puede ocultar ahora, a estas alturas del conocimiento, pero no por ello podemos ignorar esta realidad tan palmaria.
Lamentablemente los hechos sociales nos enfrentan a situaciones conflictivas que no sabemos, por ahora, resolver con la suficiente dignidad y acierto. El velo islámico y su uso en las escuelas es un ejemplo de este tipo de conflictos y nos gustaría referirnos a ella para concretar en un hecho real nuestro debate.
La negativa de los padres de una niña musulmana a que su hija asistiera al colegio sin el hiyab ha provocado una oleada de opiniones encontradas en Francia. Unas postulando la prohibición en nombre del laicismo en las escuelas; otras apelando al respeto a las demás culturas.
Las razones puestas sobre el tapete son variopintas y ambas partes aportan puntos de vista estimables y hasta brillantes.
“Todos recordamos los atuendos de las monjas y de los frailes, aún se pueden ver en aulas de Europa, sin que hubiera iniciativa alguna para su prohibición y no dejaban de ser la expresión de una religión muy concreta”
“Dejemos que vayan a la escuela con la hiyab porque es preferible que aprendan en el aula las nociones de libertad y si esa prenda supone una agresión a sus derechos serán ellas mismas las que lo derogaran”
Pero el comentario que más nos agrada es la de una niña musulmana que dijo “La que debe ser laica es la escuela, no los alumnos”
En realidad estas muestras de opinión reflejan dos conceptos diferenciados de la igualdad, estrechamente conectados con la universalidad de los valores. Los europeos somos tributarios de las ideas platónicas que consiste en asimilar todos los seres humanos a un modelo común, de tal modo que sus particularidades queden disminuidas o al menos disimuladas por la uniformidad esencial. Tiene la tentación, certificada por la historia, de ser sesgadamente proclive a favorecer la cultura dominante.
La otra manera de entender la igualdad consiste en considerarla no como una constatación empírica sino como un reconocimiento de la igualdad de derechos de que deben gozar aquellos que son distintos entre sí. Según decía Agnes Heller, la igualdad no consiste en el reconocimiento de un hecho sino en la aplicación de una norma, asegurando así la idéntica valoración y respeto a todos los seres humanos independientemente del color de piel, religión, sexo o cualquier característica que le distinga de los demás.
Respeto universal a las culturas
Parece lógico pensar que deberíamos respetar todas las culturas sin restricciones pero, por otro lado, no todas las creencias o teorías son igualmente respetables. Una cultura que propicia el racismo, el genocidio o el machismo no parece que deban ser siquiera consideradas en el apartado de respetables por pura lógica humanista.
Por supuesto que no podemos confundir una creencia con el comportamiento de sus seguidores. Si todos los seres merecen respeto, no sucede lo mismo con sus opiniones y mucho menos con sus comportamientos. Pero es aquí donde se plantea el verdadero problema: ¿donde ponemos el límite entre las creencias que son admisibles y las que no?. El uso de hiyab, para muchos, es la antesala de abusos contra la dignidad de la mujer tales como los matrimonios forzosos, la prohibición de estudiar y hasta la ablación del clítoris. Si aprobamos el hiyab damos carta de naturaleza a lo demás que conlleva esa práctica.
Sin embargo el uso del velo islámico no supone por sí mismo una agresión a la dignidad de la mujer. De hecho entre las mujeres europeas es común el uso de prendas similares sin que, de suyo, respondan a pautas de creencias religiosas. Simplemente por estética en algunos casos y por costumbre o por folclore basta recorrer cualquiera de nuestros pueblos y ciudades para apreciar que el pañuelo en la cabeza es común. La prohibición del pañuelo no podría justificarse con razones de ofensa a la dignidad de nadie y menos aún podemos apelar a las supuestas agresiones que encubre esta práctica. Las mismas mujeres que la llevan explicarían que es una prenda tradicional que la llevaron con gusto sus antepasados y ella misma, para otras supondría una especie de “desnudo” que afecta al recato que se le supone a las mujeres en su cultura (algo similar vivieron nuestras madres cuando, en las iglesias, se dejó de usar la mantilla; algunas siguieron llevándolo e incluso se crearon asociaciones para la defensa de la mantilla). Tal vez haya mujeres que denuncien que las impongan el uso del hiyab, digan que es una opresión y soliciten la defensa de sus derechos como persona libre, pero estamos seguros que muchas más defenderán incluso el derecho contrario, es decir, el derecho a llevarlo ¿Qué se hace?
A título ilustrativo permítasenos una opinión: Sí a la hiyab. No al burka porque es evidente que objetivamente obliga al aislamiento físico y es una barrera para las relaciones sociales y personales que no tienen excusa. La ocultación del rostro dificulta la comunicación e incluso la enseñanza.
Las bases de nuestra legitimidad cultural están en la Declaración de los Derechos Humanos
Nuestra referencia en cuanto a los límites de lo justo e injusto en materia de los derechos, sin ninguna duda debe apoyarse en la Declaración de los Derechos Humanos porque, y esto es importante, en ella se reconocen los mínimos que deben cumplirse para asegurar el carácter de principio y fin en sí mismo de cada persona.
La persona humana no es instrumento de voluntades ajenas, ni responde a exigencias ajenas a ella misma en materia de creencias y moralidad. No son los dioses los que definen lo que es correcto o no sino que esta propiedad ha sido otorgada por los humanos a los dioses. En la médula del alma humana late la moral y la rectitud.
Hay que buscar en el alma humana el secreto de la verdad no en las doctrinas ni en las creencias que surgen tiempos remotos de la antigüedad.
Tal vez sea el momento de plantearnos unas cuantas revoluciones pacíficas para encarar con inteligencia el futuro de nuestro pueblo. Tal vez sea el momento propicio para proponer variar nuestra sensibilidad desde la excesiva valoración del pasado a la poderosa visión del futuro que podemos crear desde nuestro compromiso de solidaridad y cooperación. Nuestro compromiso no es con nuestros abuelos sino con nuestros hijos y nietos.
Pero debemos preguntarnos a nosotros mismos si en nuestras costumbres, que aceptamos sin crítica porque “son normales”, no se nos cuela, sin saberlo, alguna creencia o práctica que puede no ser defendible o atente contra el respeto a las demás culturas.
En principio creo que deberíamos revisar nuestro laicismo en las instituciones y en la sociedad. Tal vez tengamos que acostumbrarnos a ver y admitir la práctica de otros ritos ajenos a los nuestros en la sociedad. No se trata de disimular las diferencias sino de aceptarlas con naturalidad y respeto.
Educar bajo la diversidad.
¿Cómo pueden ayudar en el tema de la educación las cooperativas?
El ambiente educativo debe ser de profundo respeto a las diferencias, sin necesidad de ocultar las propias peculiaridades pero nunca imponiendo una sobre otras maneras de ver la vida y el mundo. A la manera de las escuelas mixtas que conquistamos frente al modelo de la separación de sexos que impuso el nacionalcatolicismo en épocas pasadas no se trata de esconder la realidad de la diferencia sino de admitirla con naturalidad y con el espíritu de lograr un nuevo modelo de convivencia entre personas que se saben y se sienten diferentes sin dejar, por ello, de sentirse iguales en lo esencial: seres humanos. No es verdad que todos seamos iguales pero sí debemos lograr que todos tengamos los mismos derechos a la hora de acceder a la vida social, política y religiosa. La igualdad se concreta a la hora de los derechos a la libertad de pensamiento, de culto y de opinión política tal y como sanciona la Declaración de los Derechos Humanos.
La escuela, el aula, la universidad son los ámbitos donde las ideas deben fructificar. El lema que proponemos desde nuestra plataforma proactiva de cooperación es el de “Todos tenemos los mismos derechos precisamente porque somos diferentes”. Sobre todo la Universidad debe hacer honor a su nombre “universalizando” los valores y las normas de entendimiento deben trabajarse en su seno. Es un deber que tienen con respecto a su propia naturaleza constitutiva. Apelamos desde aquí a las Universidades del ámbito vasco a tomar el testigo de este importante debate.
Eduquemos a los jóvenes en la diferencia para que no tengamos que lamentar adultos intolerantes en el futuro.
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