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Jaime Olveda Legaspi
Mexico.
2009-07-23 13:47
Last modified: 2010-03-06 18:30
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Los vascos en el Noroccidente de México. Siglos XVI-XVIII

La ponencia explica el papel tan destacado que ejercieron los vasco-navarros en la fundación de villas y ciudades, en la minería y el comercio de esta región de México, así como los vínculos que establecieron con otros grupos hispanos.

Hace ya más de diez años, cuando preparaba mi libro La oligarquía de Guadalajara, tuve mi primer acercamiento con los vascos. Al consultar los protocolos notariales y las actas de bautismos de los siglos XVI, XVII y XVIII que se encuentran en los archivos de esta ciudad, empecé a darme cuenta de que los mineros más poderosos y propietarios de los almacenes más importantes, así como los dueños de las haciendas de mayor extensión, eran originarios de las provincias vascongadas. En ese entonces, otros compromisos me impidieron continuar estudiando la élite de esta región de México. Años más tarde, inicié un proyecto consistente en precisar cuál de todos los grupos hispanos tuvo una mayor influencia en la configuración espacial del noroeste mexicano.

Todavía en ese tiempo, los historiadores veníamos presentando a los españoles que conquistaron y colonizaron las distintas regiones de América como un grupo uniforme que compartía la misma cultura, las mismas costumbres y los mismos puntos de vista. Un análisis más cuidadoso de las diversas crónicas de la conquista permite observar que entre los soldados y aún entre los colonizadores, hubo profundas discrepancias, rivalidades, celos, envidias y rencores que acabaron por dividirlos. Pero no sólo los separaron los intereses particulares o el hecho de haber estado bajo las órdenes de diferentes adelantados, también el origen geográfico intervino para que se dividieran en diversos bandos y para que cada uno se expresara de manera distinta frente a la realidad americana. La insistencia de considerarlos como un grupo cohesionado ha conducido a algunas explicaciones distorsionadas. En algunos de mis trabajos he insistido en que no debemos englobar a todos en una misma categoría, sino referirnos como ellos mismos se presentaban: castellanos, gallegos, extremeños, andaluces, aragoneses, vascos, etcétera. Incluso, algunas fuentes distinguen a facciones que agrupaban a los nacidos en una misma ciudad, como el “bando de Medellín”, que cobró mucha notoriedad y fuerza por haber estado bajo el mando de Hernán Cortés, el conquistador de México-Tenochtitlan.

Como el origen geográfico de los conquistadores y los colonizadores fue diverso, distintos fueron los criterios que se aplicaron para llevar a cabo la conquista y la ocupación del espacio americano. El desacuerdo natural que se dio entre ellos en ocasiones entorpeció o retardó la toma de decisiones, en perjuicio de ambas empresas. Uno de los primeros en advertir estas divergencias fue Gonzalo de Oviedo, cuando señaló lo difícil que era que el vizcaíno se pusiera de acuerdo con el catalán, el andaluz con el valenciano, el perpiñán con el cordobés, y el asturiano y el montañés con el navarro, “y así, de cierta manera –dice Oviedo-, no todos los vasallos de la Corona Real de Castilla son de conformes costumbres y semejantes lenguajes”. Estos y otros grupos de hábitos y lenguas diversas se veían entre sí como extraños o adversarios, y no tomaban en cuenta a la “gente de mar”, que, a su vez, no toleraba a la “de tierra”. Las “diferentes maneras de gentes”, subrayó Oviedo, era la causa de tensiones y disensiones.[1] No obstante las diferencias que los apartaran y el peligro que significaron las nuevas tierras, favoreció la solidaridad y la amistad.

Las oportunas observaciones de Fernández de Oviedo diluyen cualquier duda con relación a la diversidad de ideas, criterios, hábitos y costumbres que se filtraron y se extendieron en el Nuevo Mundo después del descubrimiento. El punto que aún no queda muy claro y que invita a seguir reflexionando consiste en precisar en qué medida cada “nación española” desarrolló su propio regionalismo, su cultura y su forma de ser; si alguna dejó una huella más profunda en la configuración y organización colonial; si se sintió distinta a las demás, o si la nueva realidad tuvo la fuerza suficiente como para borrar las diferencias. Los estudios recientes nos están indicando que no todos los españoles influyeron de la misma manera y que de ellos, los vascos destacaron por encima de los demás por su tradición autonomista, por la defensa de los privilegios que habían adquirido desde muy antiguo, por su espíritu empresarial, por su laboriosidad, por los lazos de solidaridad tan estrechos que mantuvieron y por su profunda religiosidad. El orgullo, el valor, la importancia que le daban a la vida comunitaria y la tenacidad, fueron otros de los rasgos que los caracterizaron tanto en sus propias provincias como en los territorios americanos en donde se asentaron.

Un primer acercamiento revela que los vascos que participaron en la conquista de lo que hoy identificamos como el noroccidente de México eran muy pocos, pero casi todos ejercieron cargos de gran responsabilidad. La mayor parte de esa minoría era originaria de Vizcaya, seguida por los guipuzcoanos, los alaveses y los navarros con raíces vascuences. Esta región la integran los estados actuales de Colima, Jalisco, Zacatecas, Nayarit, Durango, Sinaloa, Sonora, parte de Chihuahua y las Bajas Californias, la mayoría de ellos ubicados frente al Océano Pacífico. En esta zona los pioneros de la colonización encontraron las minas más ricas, pero también los indios más belicosos. Fue precisamente, el interés por explotar los yacimientos argentíferos lo que motivó a los más inquietos a explorar los vastos terrenos de esta área.

Fueron los vascos quienes fundaron las principales ciudades que conformaron la red urbana del lado noroccidental de la Nueva España, entre ellas, Guadalajara, Zacatecas, Sombrerete, Durango, San Luis Potosí y algunas poblaciones de Sinaloa, Chihuahua y Nuevo México. En este amplísimo territorio descubrieron e iniciaron la explotación de las zonas mineras, fundaron mayorazgos, difundieron sus cultos religiosos y emprendieron otros esfuerzos para afianzar la presencia de la Corona de Castilla.[2] En estas primeras empresas destacaron los hermanos Oñate, los Ibarra, los Zaldívar, Rodrigo del Río de Loza y Francisco de Urdiñola, entre otros, quienes, sin lugar a dudas, fueron los pioneros de la colonización en esta región y los fundadores de importantes estirpes.

Por haber sido conquistadores y pobladores sobresalientes, los vascos obtuvieron cargos públicos de primer nivel, encomiendas y mercedes reales cercanas a las principales fundaciones. Además de esas regalías que obtuvieron como recompensa, los buenos matrimonios que concertaron desde un principio fueron determinantes para consolidar su situación. Las uniones matrimoniales, la adquisición de la tierra, los privilegios adquiridos y el control que ejercieron los vascos notables, fueron delineando regiones de influencia, las cuales mantuvieron controladas por varias generaciones.

Uno de esos poderes fue construido por Cristóbal de Oñate en Zacatecas, quien fundó un mayorazgo y se convirtió en el hombre más rico de la zona en el siglo XVI. El caso de Pedro Dávalos Bracamonte no es menos interesante. En Compostela, en el actual estado de Nayarit, tras de conseguir de la Audiencia de Guadalajara varios sitios de ganado mayor a mediados del siglo XVII, formó uno de los extensos latifundios. El 16 de diciembre de 1640 se casó con María Ulíbarri de la Cueva, una criolla de origen vasco. Un hijo de este matrimonio, Alonso Dávalos de Bracamonte, obtuvo el título de conde de Miravalle el 31 de octubre de 1690. Seis años más tarde, aprovechando su ascendencia vasca, logró que se le nombrara rector de la hermandad de Aránzazu que se erigió en la ciudad de México, y fue él quien hizo los trámites necesarios para que esta asociación se convierta en cofradía. [3]

En otras partes del noroccidente novohispano, en Colima, Zacatecas, Durango, Sinaloa y Sonora, los vasco-navarros construyeron otros imperios, como el de los López Portillo, originarios del reino de Navarra, cuyas redes se extendían por Nayarit, el sur de Sinaloa y Guadalajara; el de los Urquidi, en Chihuahua; o bien, el de Joseph del Campo Soberón y Larrea, el famoso conde del valle del Súchil, en Durango, quien además de fundar con 50 familias una colonia con el nombre de la Nueva Bilbao, difundió con mucho entusiasmo el culto a la Virgen de Begoña.

Si desde el siglo XVI en tierra adentro se puede observar una participación muy activa de los vascos en las empresas de expansión y colonización, por el lado del litoral, Sebastián Vizcaíno, Ortuño Jiménez, Miguel López de Legazpi y Andrés de Urdaneta, miembros también de la vascongada, destacaron por haber organizado unas de las expediciones marítimas de grandes alcances que ampliaron los reinos de España; los dos primeros se dedicaron a la búsqueda de los placeres de perlas en las Californias; y los otros dos, con el ánimo de llegar a las islas Filipinas, fabricaron unas naves en el puerto de La Navidad y de aquí zarparon el 26 de noviembre de 1565 para realizar la conquista. Entre la tripulación que obedecía las órdenes de López de Legazpi hubo muchos marineros que eran vascos como Martín de Ibarra y Antonio de Hormachea, nativos de Bilbao; Pedro de Aycarla y Domingo de Ayeta, originarios de San Sebastián; Ochoa Rodríguez de Azua, Juan Ochoa de Arana, Sancho Izquinquiz, Cencio de Lezana y Juan de Garay, nacidos en Vizcaya; y Francisco de Arana, oriundo de Guipúzcoa.[4]

Al concluir el siglo XVI, Guadalajara, Zacatecas, Durango y el sur de Sinaloa –en donde se localizaba el complejo minero de Copala/Moloya/El Rosario-, se habían consolidado como núcleos de pobladores de origen vasco. En estas cuatro jurisdicciones, los miembros de la vascongada ya habían logrado tejer estrechas redes familiares que se prolongaban hasta Nuevo México, y construir grandes latifundios y empresas mineras que fueron la base de su poder.

Entrada la segunda mitad del siglo XVIII, en 1767, se estableció una base naval en el puerto de San Blas, del cual partieron muchas expediciones para las Californias, Canadá y Alaska. [5] Aquí también los vascos tuvieron un papel protagónico. Para empezar, el primer director de este atracadero fue Juan de Urrengoechea y Arrinda, y el responsable del astillero que aquí mismo se instaló fue otro vasco, Pedro de Isaguirre. Asimismo, los viajes de exploración que se organizaron estuvieron dirigidos por marinos expertos, originarios de las provincias vascongadas; entre ellos, Mugartegui, Juan Antonio Murguía, Julián de Arriaga, Bruno de Hezeta –de Bilbao-, Francisco de la Bodega y Cuadra e Ignacio Arteaga, estos dos últimos americanos, pero de ascendencia vasca, quienes a bordo de la fragata Aránzazu recorrieron el trayecto de San Blas a Nutka.[6]

Asimismo, llama mucho la atención la labor evangélica y colonizadora que llevaron a cabo los franciscanos vascos en las Californias, algunos de ellos provenientes del convento de Aránzazu o de otras partes de la Cantabria, entre ellos Pablo José de Mugartegui, uno de los asesores principales de Fray Junípero Serra. Vale la pena destacar que en las misiones californianas algunos frailes vascos cantaban la famosa “Misa vizcaína”, cuyo autor fue fray Martín de Crucelégui.

Los vascos que obtuvieron éxito en la Nueva España se afiliaron a la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País, poco después de haber sido fundada. Se calcula que entre 1771 y 1793 se inscribieron alrededor de medio millar de socios. [7] De los que radicaban en Guadalajara, 21 aparecen matriculados en los registros, 36 residían en la ciudad de Zacatecas, Fresnillo y Sombrerete, 7 en Durango y uno en Sonora. Cuando menos los de Guadalajara eran, en su mayoría, personajes ilustrados que compartían las preocupaciones, las aspiraciones y las inquietudes del siglo de las luces, en cuyas bibliotecas se encontraba, entre otros libros, la obra de Manuel de Larramendi, el Arte de la lengua vascongada, publicada en Salamanca en 1729.

Los vascos más poderosos e influyentes de Guadalajara celebraron una junta en el convento de San Francisco el 3 de julio de 1774, con licencia de la Audiencia y del obispo Antonio Alcalde, para fundar una cofradía dedicada al culto de la virgen de Aránzazu con el propósito de estrechar los lazos de solidaridad, ayudarse mutuamente y fortalecer su identidad. Quien se echó a cuestas la tarea de agrupar y mantener unidos a los nacidos en las provincias vascongadas y a sus descendientes, fue Tomás Basauri, un vasco criollo. El hecho de que haya sido un americano el convocante para construir una capilla dedicada a la Virgen de los vascos, indica que la tradición asociativa de este grupo estaba bien arraigada, aún entre los nacidos en el Nuevo Mundo. [8]

Desde las primeras décadas del siglo XVIII, el vizcaíno Esteban de Arreburu había mandado construir una capilla a Nuestra Señora de Aránzazu, a un lado del templo de Nuestra Señora del Pilar, a la que acudieron los vascos hasta que se edificó la del convento de San Francisco. En 1742, Matías de la Mota Padilla, autor de la obra Historia del reino de la Nueva Galicia en la América septentrional, observó que la devoción a las imágenes del Pilar y Aránzazu se había extendido notablemente, y que los vecinos les celebraban novenarios y festividades. Disponemos de otros datos que dan cuenta de que el culto a la Virgen de Aránzazu se había difundido, incluso, a los centros mineros: una mina del Real de Mezquital del Oro que se explotaba en la década de los cuarenta, llevaba su nombre; en las jurisdicciones de Tequila y Badiraguato, Sinaloa, encontramos otras minas llamadas Aránzazu. En este último lugar el propietario era Miguel de Irigoyen. También el nombre de la patrona de los vascos fue impuesto a algunas embarcaciones. Como ya se dijo, una de las fragatas que partieron de San Blas a las Californias y Alaska en las postrimerías del siglo XVIII para reconocer los límites entre las posesiones de España e Inglaterra, orgullosamente llevaba el nombre de Nuestra Señora de Aránzazu.

La finalidad de la cofradía de la Virgen de Aránzazu era muy clara: unir a los originarios de las provincias vascongadas para buscar su bienestar; por consiguiente, los requisitos para ser cofrades eran limitantes: se requería ser nativo o descendiente de los territorios vasco-navarros y tener limpieza de sangre. ¿Pueden interpretarse estas condiciones como una muestra de separatismo étnico? El empleo de conceptos como “nación” y “beneficio exclusivo” o reservado exclusivamente para este grupo, apuntan en ese sentido. Sea como sea, esta cofradía es, por otro lado, una manifestación del poder de los vascos y una evidencia de la exclusividad que compartían.

El espíritu cohesivo de los vascos tuvo su mejor expresión en el último tercio del siglo XVIII. La fundación de la cofradía y la de la Real Sociedad reflejan ese profundo sentido de paisanaje que compartían, y la importancia que le daban a la actividad comunitaria. La afiliación a estas agrupaciones, sin duda, reforzaron todavía más el espíritu asociativo que caracterizaba ya de por sí a la vascongada, y el amor al país de origen.[9] Los principales valores que difundió la Real Sociedad, de acuerdo a las ideas de su fundador, fueron el patriotismo, el trabajo, la amistad y la caridad. Fruto de la difusión de este último principio, en Guadalajara se fundó la Casa de la Misericordia para dar asilo a pobres, huérfanos y desvalidos. El impulsor de esta institución de beneficencia pública fue el obispo vasco-navarro Juan Cruz Ruiz de Cabañas. La fuerza y la importancia de la Real Sociedad se extendió hasta 1793. A partir de este año, una serie de acontecimientos registrados en las provincias vascas, así como la invasión francesa a España y el inicio de la guerra de independencia, casi provocaron su extinción. De cualquier manera, la RSBAP hizo que los vascos volverían a ratificar su imagen de ser la fracción de la élite colonial mejor articulada. Existen otras evidencias que apuntalan esta afirmación, como la costumbre de que los vascos bien establecidos acogieran en sus casas a sus coterráneos jóvenes que emigraban a América, mientras lograban consolidar su situación.

Tenemos entonces que en último cuarto del siglo XVIII, las haciendas pertenecientes a la zona abastecedora de Guadalajara, así como las tiendas más prósperas y las ricas minas dispersas en el noroccidente, pertenecían a vascos peninsulares y vascos americanos. Las familias de los Echauri, Basauri, Fernández Barrena, Vizcarra, Arzubialde, Caballero, Goyzueta, Zumelzu, Elgorreaga, García Diego, junto con los Cañedo y los Porres Baranda, con quienes estaban emparentados, controlaban el mercado urbano en Guadalajara y los circuitos de crédito en la región que reconocía a está ciudad como cabecera política. Fueron estas estirpes las que mayor provecho obtuvieron de las reformas modernizadoras que aplicaron los Borbones para racionalizar la administración pública e impulsar la producción. La misma división política en intendencias que se introdujo en 1786 benefició a esta élite, porque este modelo respondía a la configuración e integración de los mercados locales y a la extensión de las redes crediticias. La mayor parte de las compañías que se fundaron en este periodo tuvieron un carácter familiar, ya que sus integrantes eran miembros de una misma estirpe o estaban emparentados por medio del matrimonio.

El Real Consulado de Guadalajara, fundado en 1795, fue otro de los espacios exclusivos y controlados por esta comunidad. Los puestos directivos de esta corporación estuvieron ocupados por comerciantes prósperos que habían emigrado de las provincias vascas. [10] Además, el código comercial que utilizó el Consulado para regular el intercambio mercantil y las desavenencias que hubo entre los comerciantes fue las Ordenanzas de Bilbao.

El poder acumulado por los empresarios vascos, las actividades económicas que promovieron, la cultura empresarial que difundieron y las relaciones sociales que mantuvieron con la burocracia, definieron la territorialidad, la cultura y la esencia regional. Fueron, sin lugar a dudas, las familias poderosas las que organizaron, articularon y dieron sentido a las regiones. La hipótesis que aquí se plantea es que los vascos, como actores sociales dominantes desde el siglo XVI, proporcionaron buena parte de los componentes básicos de la identidad regional.

El análisis del comportamiento de estas familias indica que desde que se establecieron en la región noroccidental de lo que hoy es México. buscaron unirse para promover y defender sus intereses frente al poder real, representados por el virrey; que trataron de conservar y difundir algunos elementos de su cultura y que procuraron mantenerse ligados con sus lugares de origen, como ya se ha dicho. Muchos vascos que vivieron en las ciudades noroccidentales, por ejemplo, fundaron capellanías en el sitio donde habían nacido y dejaron legados para sus parientes que vivían en las provincias vascas. Su alto grado de cohesión y su espíritu solidario son dos elementos sustantivos que destacan la idea de grupo, del nosotros frente a los otros.

Si el ciclo colonial de la historia de Guadalajara lo iniciaron los vascos, también lo concluyeron, porque fue el vizcaíno Pedro Celestino Negrete, quien proclamó la independencia de la provincia de Guadalajara, el 13 de junio de 1821, conforme a los principios del Plan de Iguala. Lucas Alamán hizo una observación muy interesante con relación a la participación que tuvieron los colectivos españoles en el virreinato novohispano: “es un hecho digno de notarse –subraya Alamán-, que todos los conquistadores de América y en especial de Nueva España, eran naturales de Badajoz y Medellín en Extremadura, y todos los que causaron la ruina del imperio español establecido por aquellos en el nuevo mundo, procedían de las provincias vascongadas[…]; las provincias meridionales de España estaban destinadas a producir los hombres que habían de unir la América a aquélla monarquía, y las del norte las que habían de separarla de ella”. [11]

La presencia y la influencia de los vascos en el noroccidente de México, como en otras regiones, no concluyó con el advenimiento de la independencia. Algunas de sus instituciones como la Real Sociedad

Bascongada de los Amigos del País, sirvieron de modelo a los primeros gobiernos independientes para crear asociaciones encargadas de impulsar el desarrollo en general. Por ejemplo, en Guadalajara, en cuanto se proclamó la independencia se fundó la Junta Patriótica de la Nueva Galicia, encargada de impulsar la agricultura, la industria, el comercio y las artes. Por otro lado, los asuntos mercantiles siguieron rigiéndose conforme a lo dispuesto por las Ordenanzas de Bilbao durante mucho tiempo, prácticamente hasta que se expidió el Código de Comercio de 1884. Sin embargo, el influjo de la comunidad vasca fue diluyéndose a partir de 1821. Por un lado, porque la inmigración española se interrumpió de 1810 a 1836, periodo en el que España se negó a reconocer la independencia de México; y, por el otro, porque el número de migrantes ya no fue tan elevado como en los tiempos coloniales. Además, los hispanos que permanecieron en las

distintas ciudades de México, a quienes los Tratados de Córdoba reconoció como ciudadanos mexicanos, tuvieron que enfrentarse a una fuerte competencia con otros extranjeros, principalmente, con ingleses, franceses y alemanes. La nueva realidad los obligó a adaptarse conforme a los cambios que se estaban dando en el naciente país. No todos los empresarios hispanos optaron por enfrentarse a los nuevos retos. Para no correr mayores riesgos, algunos prefirieron transferir sus capitales a otros puertos de Europa como Burdeos o Liverpool, pero no a los de España.

En los primeros años después de la consumación de la independencia, los españoles radicados en México ya no contaron con las condiciones mínimas de seguridad porque un grupo, cada vez mayor, con el ánimo de afianzar la nacionalidad, comenzó a demandar su expulsión. A raíz de la primera ley que ordenó su salida del país, en 1827, cerca de dos mil hispanos abandonaron la república mexicana. Jalisco fue de los estados con menos expulsados: de los 313 que fueron registrados, 284 lograron evadir los efectos de la ley. Este decreto fue muy controvertido, pues no contó con la aprobación de todos los legisladores. Uno de los diputados del congreso general que presentó una tenaz resistencia a la expedición de esta ley, fue el jalisciense Juan Cayetano Portugal y, en el senado, Juan de Dios Cañedo.

Después de 1827, los yorkinos siguieron insistiendo en que era necesario desterrar a todos los españoles, ya que era la única manera de garantizar la independencia. Los miembros de esta logia presionaron tanto, que el 20 de marzo de 1829 se promulgó una segunda ley de expulsión pero, al igual que la primera, sus resultados fueron muy reducidos. Años más tarde, a raíz del decreto general del 28 de junio de 1833, conocido como la “Ley del Caso”, otros españoles desafectos al federalismo, fueron obligados a salir del país.

La animadversión hacia los españoles cesó una vez que España reconoció la independencia de México y ambos países establecieron relaciones diplomáticas en 1838. Sin embargo, el flujo migratorio de esta fecha a 1857 no tuvo el vigor de antes. En este último año las relaciones entre ambos países se rompieron, a consecuencia de los reclamos que hicieron algunos españoles por los daños que venían sufriendo a consecuencia de las guerras civiles. En 1874, una vez que el país empezó a pacificarse, volvieron a reanudarse las relaciones diplomáticas.

En el siglo XIX los empresarios nacionales y extranjeros invirtieron fuertes sumas de dinero en diversas actividades, a pesar de la inestabilidad política. En Guadalajara, por ejemplo, hubo un grupo empresarial que se alió en diferentes momentos con militares y con alguno de los bandos políticos que se disputaban el poder para facilitar la realización de sus negocios. En este complejo periodo destacó el vasco Francisco Martínez Negrete, cuya fuerza económica la mantuvieron sus descendientes hasta el siglo XX. Fuera de él, los vascos que residieron en esta ciudad no fueron inversionistas destacados, ni tampoco sobresalieron en otras actividades. Caso contrario es el de Tepic, donde los originarios de las provincias vascongadas siguieron teniendo el control sobre el comercio y la agricultura. Tres familias fueron las que monopolizaron los negocios en el siglo XIX: la de José María Castaños, los hermanos Juan Antonio, Domingo y Pedro Aguirre y Zubiaga, y la de José Ramón Menchaca. Las dos primeras entraron en franca competencia con la poderosísima firma Barron y Forbes.

En los puertos de Guaymas y Mazatlán, también se encontraban radicando otros vascos muy exitosos. En el primero, José Antonio Aguirre, originario de San Sebastián, tenía instalada una agencia marítima en la década de los años treinta. En poco tiempo, Aguirre fue identificado como uno de los comerciantes de mayor prestigio en el noroeste del océano Pacífico. A partir de 1838 y durante el transcurso de la década siguiente, llegaron a Mazatlán algunos empresarios vascos. Entre ellos destaca la figura de José Martín Echeguren, originario de Arcentales, Vizcaya, quien fungió como cónsul de España. Durante ocho años, de 1842 a 1850, estuvo asociado con Juan Antonio Redonet y, a partir de este último año, con su cuñado José de la Quintana, oriundo de Balmaseda, Vizcaya. Al igual que en Tepic, en este puerto se registró un fuerte enfrentamiento entre los propietarios de las grandes casas comerciales. Echeguren, incluso, encabezó a los empresarios españoles que ahí radicaban para enfrentarse a la poderosa familia De la Vega, instalada en Culiacán, de cuyo seno salieron algunos gobernadores de Sinaloa.

El flujo migratorio español a México aumentó en las dos últimas décadas del siglo XIX, pero las provincias expulsoras fueron las islas Canarias, Asturias, Galicia y Castilla. Como su arribo coincidió justo cuando el país comenzaba a recuperarse económicamente, la mayoría logró acumular una riqueza considerable. Los lugares preferidos para establecerse fueron los centros mineros del norte. Así, por ejemplo, los estados de Durango, Coahuila y Chihuahua acogieron a más españoles que Jalisco. Otras ciudades con más población hispana que Guadalajara fueron el Distrito Federal, Puebla, Veracruz y Oaxaca. Cuando estalló la Revolución Mexicana en todo el territorio jalisciense había 246 españoles, mientras que en San Luis Potosí vivían 500, en Tamaulipas 684 y en Veracruz 900, para citar sólo unos ejemplos.

Mis investigaciones que inicié hace diez años sobre los vascos que se establecieron en el noroeste de México han llegado, hasta este momento, al siglo XIX. El producto de dichas indagaciones son tres libros: Los vascos en el noroccidente de México, Siglos XVI-XVIII, el cual lleva dos ediciones, la primera en 1998 y la segunda en 2001; La cofradía de la Virgen de Aránzazu de Guadalajara, publicado en 1998; y En busca de la fortuna. Los vascos en la región de Guadalajara, en 2003.

Después de lo que se ha dicho, cabe hacer una pregunta: ¿Cuál es la huella que han dejado los vascos en esta región en los casi 500 años que han transcurrido después de la conquista? La sociedad mexicana actual es, como en otras partes del mundo, resultado de la combinación de una gran diversidad étnica y cultural. Desde el inicio de la tercera década del siglo XIX llegaron a México migrantes de diferentes lugares de España, Asia y de la misma América. No es raro encontrar que los habitantes de cualquier ciudad mexicana mantengan un grato recuerdo de algún extranjero que hizo algo en beneficio de la comunidad.

Para contestar la pregunta planteada con anterioridad debo decir que la raíz vasca se hunde hasta el siglo XVI. Ejemplos de esa impronta son las ciudades fundadas que he mencionado, entre ellas, Guadalajara; la construcción de innumerables edificios públicos y privados, laicos y religiosos que recuerdan el poderío de los vascos; los cultos de la Virgen de Aránzazu y de San Ignacio de Loyola; los numerosos apellidos que provienen de las provincias vascongadas; y, finalmente, la cultura empresarial que difundieron desde esa centuria.

En suma: en el noroeste mexicano, como en otras regiones de mi país, los vascos dejaron una huella imborrable. Pero para no pecar de localista, debo decir que los estudios recientes nos revelan que la comunidad vasca tuvo más preferencia por la Nueva España que por otro reino americano, por su enorme riqueza minera y por el lucrativo comercio que se estableció con las Filipinas desde el puerto de Acapulco, y con España a través de Veracruz.

A las ciudades con vocación mercantil, a los puertos y a los centros mineros arribaron durante los siglos XVI, XVII, XVIII y parte del XIX, centenares de vascos en busca de la fortuna. Ahí construyeron sus nuevos hogares, afrontaron múltiples adversidades para realizar su sueño y ahí descansan en paz.


[1] Historia general y cultural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano. Asunción de Paraguay, Editorial Guaranía, 1945, cap. XIII.

[2] El culto a la virgen de Aranzazú estuvo muy arraigado en Guadalajara, Sombrerete y San Luis Potosí, lugares en donde se fundaron cofradías. El culto a San Ignacio de Loyola en Guadalajara y en San Ignacio (el antiguo Piaxtla), Sinaloa. Véase Jaime Olveda. La cofradía de la Virgen de Aránzazu de Guadalajara. Zapopan, El Colegio de Jalisco-Instituto Dávila Garibi, 1999; y Martha Cohn. “Leyenda acerca de San Ignacio de Loyola” en José María Figueroa y Gilberto López Alanís. San Ignacio. Encuentros con la Historia. Culiacán, Revista Cultural Presagio, 1999, no. 18, pp. 16-17.

[3] Jaime Olveda. En busca de la fortuna. Los vascos en la región de Guadalajara. Zapopan, RSBAP-El Colegio de Jalisco, 2003.

[4] En términos generales, los vascos fueron identificados como “gentes muy belicosas y muy sabias en el arte de la mar”. Carmen Bernard y Serge Gruzinski. Historia del Nuevo Mundo. Del descubrimiento a la Conquista. La experiencia europea, 1492-1550. México, FCE, 1996, p. 85.

[5] Al respecto puede consultarse el libro de Francisco Fuster Ruiz. El final del descubrimiento de América. California, Canadá y Alaska, (1765-1822). Murcia, Universidad de Murcia, 1998.

[6] Ibid., pp. 326-352.

[7] Véase el libro de Josefina María Cristina Torales Pacheco. Ilustrados en la Nueva España. Los socios de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. México, Universidad Iberoamericana-RSBAP, 2001.

[8] Jaime Olveda. La cofradía de la Virgen de Aránzazu. Zapopan, El Colegio de Jalisco-Instituto Ignacio Dávila Garibi, 1999.

[9] Varios vascos establecidos en Guadalajara remitieron donativos a sus lugares de origen. Por ejemplo, el presbítero José Manuel de Eguileor, oriundo de Bilbao, dispuso en su testamento que se enviara al santuario de la Virgen de Nuestra Señora de Begoña de Bilbao, una caja que contenía un cáliz, patena, cuchara, fistol, dos cubos para colocar las vinajeras y una campanilla, todo de oro. Archivo Histórico de Jalisco. Libros de Notarios. Protocolo de José Antonio Mallén, t. XII, 3 de julio de 1813.

[10] Véase José Ramírez Flores. El Real Consulado de Guadalajara. Guadalajara, Banco Refaccionario de Jalisco, 1952.

[11] Historia de México, I, libro 2, p. 228.


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Los vascos en el Noroccidente de México

Sent by julissa ilizaliturri at 2010-03-06 18:28
Gracias pro el articulo. Me interesa mas informacion dobre los vasco en esa area de Mexico especialemnte en Mazatlan. He buscado informacion pero es dificil pues raramente se menciona el apellido Ilizaliturri. En donde puedo encontrar mas informacion?

Gracias de antemano

Los vascos en el Noroccidente de México

Sent by julissa ilizaliturri at 2010-03-06 18:30
Gracias pro el articulo. Me interesa mas informacion dobre los vasco en esa area de Mexico especialemnte en Mazatlan. He buscado informacion pero es dificil pues raramente se menciona el apellido Ilizaliturri. En donde puedo encontrar mas informacion?

Gracias de antemano
http://www.euskosare.org/komunitateak/ikertzaileak/ehmg/2/txostenak/vascos_noroccidente_mexico/eks_article_view